Ir al contenido principal
Nunca aprendes a despedirte de los bailes involuntarios, tras el sonido de su voz, inconsciente de las diecinueve sonrisas que habrías sacado en solo veinte minutos. Nunca dejas que la razón entre por la puerta y te lleve a ti como cómplice para que cometas un crimen tanteando tus actos, tratando de esquivar al dolor segundo a segundo, por si acaso todo fuera mal y te marcharas. Pero ocurre. La razón entra en tu habitación, y tú le haces un hueco (pero no la incluyes en el bolsillo de tu camisa).
Intentas salir por la puerta, y haces oídos sordos a sus advertencias; “la herida sangrará más, si sientes antes de hablar y no piensas”. Qué te van a importar las heridas si es el frío el que las obliga a no sangrar, a resguardarse bajo el calor de ser feliz una vez más. Aquel jueves tus abrazos fueron el abrigo del día más frío de febrero. Recuerdo sonreír cada tres segundos, y la falta de valor para decirte que tú eras poesía y que daría lo que fuera por verte conducir mientras recitaba aquellos versos que al final grité solo para que tú fueras la calma que había encontrado un diecinueve de octubre. Eras una calma que jugaba a irse y a volver, dependiendo del grado de dolor, de necesidad. Me pasé noches imaginando cómo sería ser tu calma. Calmarte los miedos, caer contigo y resguardarte del golpe. Recibir una llamada tuya, que me pidieras diecisiete paradas, veinte minutos y mis manos acariciando las tuyas. Aún sigo contando las noches que el metro viajó sin mí. Y la de horas, que pasarías esperando los pasos seguros de alguien más bonita que yo. Todavía puedo oír los diferentes pares de tacón acercándose a ti. Sin sentir nada, sin querer ser calma, sin de verdad querer despertarse a tu lado. Por eso me alejé. Sabía que yo nunca sería la chica bonita que haría todo el ruido posible por llegar a tu lado, sacarte la camisa y ganar el juego con la peor trampa y el mejor tramposo. Tú también lo sabías. Y dejaste que me alejara, que no aprendiera a hacer trampas, porque tampoco querías jugar siempre al mismo juego. Admítelo, no querías una chica insegura en tu vida. Y es que al final, cariño, fuiste el ruido más bonito, la peor calma y el mejor dolor para hacer de mi poesía, el diecinueve de octubre más bonito de revivir. La razón tenía razón. Después de dos años, la herida sigue sangrando y no he vuelto a oír mi risa ahogada en tu cuello. ¿Pero es qué alguien piensa cuando siente? Si yo lo único que siento y pienso es que ojalá tu risa entienda de trampas y me tache de mentirosa mientras vuelves a enseñarme aquella Barcelona que descubrí hace dos años, con tu camisa pegada a mi cuerpo, tu risa bailando en mi garganta y la mía ahogando gritos en cada parada de esas diecisiete, en las que aprendí a quererte.

Entradas populares de este blog

De eso se trata.

Porque la vida se trata de esto. De abrir las ventanas del alma y dejarte pasar. De compartir la niebla de mi vida contigo.

De recordar en los momentos de turbulencias, las cosas que nos hicieron coincidir y seguir coincidiendo para tomar el café y las decisiones. La vida se trata de esos placeres que me permito como salir a caminar bajo la lluvia porque en tus ojos siempre es amanecer.
Pero si te rindes, ¿qué jodidos hago con todas esas ideas? ¿Qué hago con este corazón que no quiere dejar de sentirte en sus latidos?

La vida se trata de apoyarse y no de mandarse al carajo, de tomarse de la mano cuando hay más posibilidades de soltarse, se trata de que cada mirada perdida, el otro trate de encontrarle, de pasar el café amargo, porque sabes que habrán cafés mejores, de llover esperando ser cubierto o simplemente de presenciar tu tempestad y saber que estoy y no me voy. 

El amor es no desistir, no fallar, equivocarse queriendo hacer las cosas bien, arreglarlo sin querer hacer daño, amar sin…

No sé que esperaba.

No sé que esperaba, pero lo hacía impaciente como si de pronto tú fueras a ser quien eras la promesa de ser. Con los brazos abiertos esperaba a la versión de ti que mi cabeza se convencía que en el fondo eras. Me volvía loca, hora tras hora, indagando cuándo llegarías, en qué presentación, cómo reemplazarías a ese chico que de pronto ya no era tan atractivo, que tenía los defectos que me prometí nunca permitiría en una pareja. Pero no llegabas, aunque el reloj me contaba que el transcurso del tiempo era rápido y mes tras mes era como si hiciera promesas nuevas en un afán por encontrarnos de alguna forma inesperada. La verdad es que te amaba, incluso aunque no fueras quien yo quería, incluso contra mi sentido común y las largas charlas de convencimiento de mis amigos. Te amaba tanto que podía esperar y cegarme y pensar que contigo veía la luz incluso con los ojos vendados.

Déjame seguir flotando.

No quiero aterrizar, no quiero tener los pies sobre la tierra, porque si lo hago sabré que todo o que he estado haciendo esta mal; seré consciente de mis errores contigo y no quiero darme cuenta del tiempo que he estado perdiendo contigo. Prefiero navegar entre las ilusiones que me das, prefiero dejar que sean estas mi estilo de vida, que ellas me digan que es lo que prosigue entre nosotros, que no dejen que la llama se apague, porque no quiero caer al mar y llegar a tierra firme. No quiero caer en la realidad esa que no me va a dejar ser feliz. Sé la clase de hombre que eres, no es que sea una tonta como posiblemente piensas, tampoco es que no pueda conseguirme un hombre mejor, con mejores cualidades y un mejor concepto del amor. Pero yo te elegí a ti, te elegí porque en su momento fuiste mi capricho y hoy es cuando me toca pagar las consecuencias de eso. No eres una penitencia que debo cumplir, pero es que aún estoy encaprichada con nuestra relación. Quiero seguir flotando en la at…