sábado, 19 de noviembre de 2016

De eso se trata.

Porque la vida se trata de esto. De abrir las ventanas del alma y dejarte pasar. De compartir la niebla de mi vida contigo.

De recordar en los momentos de turbulencias, las cosas que nos hicieron coincidir y seguir coincidiendo para tomar el café y las decisiones. La vida se trata de esos placeres que me permito como salir a caminar bajo la lluvia porque en tus ojos siempre es amanecer.
Pero si te rindes, ¿qué jodidos hago con todas esas ideas? ¿Qué hago con este corazón que no quiere dejar de sentirte en sus latidos?

La vida se trata de apoyarse y no de mandarse al carajo, de tomarse de la mano cuando hay más posibilidades de soltarse, se trata de que cada mirada perdida, el otro trate de encontrarle, de pasar el café amargo, porque sabes que habrán cafés mejores, de llover esperando ser cubierto o simplemente de presenciar tu tempestad y saber que estoy y no me voy. 


El amor es no desistir, no fallar, equivocarse queriendo hacer las cosas bien, arreglarlo sin querer hacer daño, amar sin que el sueño de tu olvido llegue primero. 


Porque la vida se trata de no huir, de soñar aunque las pesadillas sean más, de mirar aunque todo esté oscuro, de avanzar aunque haya un abismo delante nuestro.
Arriesgarse puede ser una proposición muy difícil de asimilar, pero recuerda, de que nadie gana, si uno no se avienta, si uno no mira, si uno no sueña. 


De eso se trata, de hacerte entender de que yo me aviento si me dejas mirarte, de que yo te miro si me dejas soñar a tu lado, de que yo te sueño, si en tu abismo he de caer.

domingo, 23 de octubre de 2016

No sé que esperaba.


No sé que esperaba, pero lo hacía impaciente como si de pronto tú fueras a ser quien eras la promesa de ser. Con los brazos abiertos esperaba a la versión de ti que mi cabeza se convencía que en el fondo eras. Me volvía loca, hora tras hora, indagando cuándo llegarías, en qué presentación, cómo reemplazarías a ese chico que de pronto ya no era tan atractivo, que tenía los defectos que me prometí nunca permitiría en una pareja.
Pero no llegabas, aunque el reloj me contaba que el transcurso del tiempo era rápido y mes tras mes era como si hiciera promesas nuevas en un afán por encontrarnos de alguna forma inesperada.
La verdad es que te amaba, incluso aunque no fueras quien yo quería, incluso contra mi sentido común y las largas charlas de convencimiento de mis amigos. 
Te amaba tanto que podía esperar y cegarme y pensar que contigo veía la luz incluso con los ojos vendados.

lunes, 15 de agosto de 2016

Princesa sin corona.

"Un pequeño relato de mi día a día, enamoradiza como cualquiera otra chica, alocada y sincera como un alma en pena",  a quien engaño, soy algo que no todo el mundo logra entender y escuchar, sencilla y creativa claro. Son muchas cosas de verdad tantas que contar y algunas por callar, otras por olvidar y las demás no las quisiera ni borrar.  

Es como un pequeño bosque con diferentes ruidos soñaba con ser la protagonista de una gran historia de amor, con ser la dueña de un castillo, la reina del mundo, encontrar  diversas curas de enfermedades, hasta hacer una protesta para que la paz domine el mundo... lo sé  complicado encontrar curas, y aún más complicado que más de mil personas se sienten a escuchar, sin tener ganas de matar, molestar u odiar pero no es imposible y no me daría por vencida quería ser una pequeña heroína para algunas personas. 

No creo ser la dueña del mundo ni de conseguir las curas, ni muchos menos ser una candidata para escuchar en momentos de guerra. La verdad eran sueños de niña pequeña, sin madurez alguna con respecto a la vida, no imagine nunca llegar a enamorarme, ni mucho menos imagine despedirme de tantas personas importantes, ama como una princesa, lucha como guerrera y sueña como una doncella, la verdad no siempre te enamoras de la persona que esperas, ni tampoco esperas que esa persona sea la que te enamore, historias enredadas  son las de amor, por lo que te contare cada una de ellas, quiero sera la mejor historia de la que siempre podrás recordarte.



                                                                                               - Melitza Adarmes.

jueves, 11 de agosto de 2016

Mucho Tiempo.

Llevo mucho tiempo intentando mendigar estas letras para poder conseguir un alimento que consiga por un momento no te sientas vacío. Si la esperanza es lo último que se pierde, no se exactamente cuanto tiempo llevarás marchito porque la tuya hace tiempo que escribió su carta de despedida. El pasar del calendario te hace consumirse como aquel cigarro que te fumas cuando la situación te come por dentro, y los problemas te ahogan mucho más que aquella nicotina. Y caes, como esa ceniza al suelo que nadie se repara a pisar y te acaban atropellando con esas prisas de gente motorizada. De corazones que solo hacen palpitar para mover un cuerpo que en realidad, lleva mucho tiempo muerto. Cuánto apostaron esos cadáveres para tener su bolsillo repletito de billetes. Y que pena que aún siguen pensando que el dinero se lo va a dar todo. Ojalá una musa que los despierte de sus pesadillas. Ojalá les haga conocer un poeta desangrándose por un papel distinto al de la moneda y les enseñe cómo se desnuda en unos versos y no precisamente para llegar a la cumbre monetaria. Cómo les podría enseñar a un niño llorando porque ha perdido a su peluche preferido y en el modo en el que le puedo enseñar a un adulto que llora porque ha perdido su inocencia. Que alguien me diga la forma en la que podría conseguir que se paren a escuchar los latidos de una pareja al regalarse besos, la risa de unos amigos al borde de la carcajada en una de estas calles, un niño, contarles a sus padres todo lo que ha aprendido en el colegio. El tráfico de un sábado por la tarde, el silencio de la noche de domingo. Por favor, que alguien me diga el modo con el cual poder lograr que paren a escucharse a sí mismos y que de una puta vez le quiten la bordad a su corazón para que les grite que están en bancarrota por falta de ilusiones, que son pobres de sonrisas y de mendigos por falta de locuras, que estamos el mundo harto.

domingo, 10 de julio de 2016

Déjame seguir flotando.

No quiero aterrizar, no quiero tener los pies sobre la tierra, porque si lo hago sabré que todo o que he estado haciendo esta mal; seré consciente de mis errores contigo y no quiero darme cuenta del tiempo que he estado perdiendo contigo.
Prefiero navegar entre las ilusiones que me das, prefiero dejar que sean estas mi estilo de vida, que ellas me digan que es lo que prosigue entre nosotros, que no dejen que la llama se apague, porque no quiero caer al mar y llegar a tierra firme. No quiero caer en la realidad esa que no me va a dejar ser feliz.
Sé la clase de hombre que eres, no es que sea una tonta como posiblemente piensas, tampoco es que no pueda conseguirme un hombre mejor, con mejores cualidades y un mejor concepto del amor. Pero yo te elegí a ti, te elegí porque en su momento fuiste mi capricho y hoy es cuando me toca pagar las consecuencias de eso. No eres una penitencia que debo cumplir, pero es que aún estoy encaprichada con nuestra relación.
Quiero seguir flotando en la atmósfera que ambos creamos, dame un poco de aire, no me dejes caer, sujétame porque tengo miedo de resbalarme, podría ser un golpe fatal el que me espera. No por todo esto pienses que eres eterno en mi sufrimiento, gozo de haber logrado lo que muchas no pudieron, aunque también pago la culpa de mis decisiones egocéntricas. 

domingo, 3 de julio de 2016

Nunca aprendes a despedirte de los bailes involuntarios, tras el sonido de su voz, inconsciente de las diecinueve sonrisas que habrías sacado en solo veinte minutos. Nunca dejas que la razón entre por la puerta y te lleve a ti como cómplice para que cometas un crimen tanteando tus actos, tratando de esquivar al dolor segundo a segundo, por si acaso todo fuera mal y te marcharas. Pero ocurre. La razón entra en tu habitación, y tú le haces un hueco (pero no la incluyes en el bolsillo de tu camisa).
Intentas salir por la puerta, y haces oídos sordos a sus advertencias; “la herida sangrará más, si sientes antes de hablar y no piensas”. Qué te van a importar las heridas si es el frío el que las obliga a no sangrar, a resguardarse bajo el calor de ser feliz una vez más. Aquel jueves tus abrazos fueron el abrigo del día más frío de febrero. Recuerdo sonreír cada tres segundos, y la falta de valor para decirte que tú eras poesía y que daría lo que fuera por verte conducir mientras recitaba aquellos versos que al final grité solo para que tú fueras la calma que había encontrado un diecinueve de octubre. Eras una calma que jugaba a irse y a volver, dependiendo del grado de dolor, de necesidad. Me pasé noches imaginando cómo sería ser tu calma. Calmarte los miedos, caer contigo y resguardarte del golpe. Recibir una llamada tuya, que me pidieras diecisiete paradas, veinte minutos y mis manos acariciando las tuyas. Aún sigo contando las noches que el metro viajó sin mí. Y la de horas, que pasarías esperando los pasos seguros de alguien más bonita que yo. Todavía puedo oír los diferentes pares de tacón acercándose a ti. Sin sentir nada, sin querer ser calma, sin de verdad querer despertarse a tu lado. Por eso me alejé. Sabía que yo nunca sería la chica bonita que haría todo el ruido posible por llegar a tu lado, sacarte la camisa y ganar el juego con la peor trampa y el mejor tramposo. Tú también lo sabías. Y dejaste que me alejara, que no aprendiera a hacer trampas, porque tampoco querías jugar siempre al mismo juego. Admítelo, no querías una chica insegura en tu vida. Y es que al final, cariño, fuiste el ruido más bonito, la peor calma y el mejor dolor para hacer de mi poesía, el diecinueve de octubre más bonito de revivir. La razón tenía razón. Después de dos años, la herida sigue sangrando y no he vuelto a oír mi risa ahogada en tu cuello. ¿Pero es qué alguien piensa cuando siente? Si yo lo único que siento y pienso es que ojalá tu risa entienda de trampas y me tache de mentirosa mientras vuelves a enseñarme aquella Barcelona que descubrí hace dos años, con tu camisa pegada a mi cuerpo, tu risa bailando en mi garganta y la mía ahogando gritos en cada parada de esas diecisiete, en las que aprendí a quererte.

lunes, 11 de abril de 2016

La verdadera felicidad.

Felicidad. ¿Cuántas veces creemos haberla sentido? El mundo en el que vivimos se ha vuelto tan material, tan superficial que nos confunde y creemos encontrar felicidad en muchas cosas, pero ninguna de esas es una verdadera alegría. No es lo mismo sentirnos satisfechos o complacidos a sentirnos felices, una cosa es realizarnos y sentir la satisfacción que eso produce en nosotros. Ese tipo de sensaciones no duran para siempre, se vuelven un recuerdo que se medio borra con el tiempo, porque poco a poco comienzan a surgir retos para los cuales no estábamos preparados y nos roban la satisfacción que buscábamos.

En cambio cuando se goza de un momento feliz, por más corto que este haya sido, las gratificaciones que nos da son inmensas, además que con el tiempo, cuando se vuelven recuerdo siempre que pensemos en eso recordaremos y volveremos a sentir la felicidad que tuvimos en ese momento. Es por esto que mucha gente se aferra a los recuerdos y en ocasiones no pueden seguir viviendo.
El tiempo en el que vivimos nos hace ir de prisa, no fijarnos en las cosas pequeñas que dan verdadera alegría. A las nuevas generaciones se les enseña a que siendo populares se sentirán bien, que poniéndose encima de otros se sentirán mejor, que complacer las expectativas de los demás también complace las suyas y que no se logra ser feliz si no se está en constante vanguardia material. Por supuesto las viejas generaciones se adaptan a esta idea de manera muy rápida, realmente son muy pocas las personas que nos negamos a este idea. Una de dos; O es porque realmente te interesa disfrutar todo aquello que en algún momento nuestros padres o abuelos nos enseñaron, o es porque no tienes dinero para satisfacer estas cuestiones y aceptas tus limitaciones.
A veces las personas que no aceptan que sus posibilidades son pocas, entran en un profundo estado de decepción, infelicidad o incluso depresión. Y sea porque no son tan bonitos o bonitas como los estándares que se imponen o porque no se cuenta con las posibilidades económicas que la modernidad exige. Me pregunto ¿En verdad vale la pena ser infeliz por no poder comprar las cosas que todos los demás compran? Nos pasamos por alto que tenemos cualidades que mucha gente no, y que es precisamente por eso que llenan ese vacío comprando cosas. Quizás eres de las personas que pueden tener hijos, ¿Sabemos cuántas más sufren por no poder? A lo mejor eres de las personas que no viven en la ciudad ¿Sabes cuantas personas enloquecen por salir de la ciudad? ¿Sabes cuanto dinero gastan para poder tener un hijo, o tomar vacaciones lejos del tumulto de la ciudad? Para ti es gratis, y eres infeliz por eso.
La felicidad se vuelve una cuestión de valorar y dejar de envidiar cosas ajenas, porque ponte a pensar cuantas veces has tenido que perder las cosas para valorarlas.
No olvidemos lo que se siente ser feliz, la plenitud y satisfacción que nos llena ser felices. Las cosas que nos la brindan son gratis; escuchar a un niño reír, ver a un animal jugar, abrazar a un bebé, enamorarse, besar, abrazar, pasear en un bosque, caminar descalzo en el pasto o en la tierra, mojarte cuando llueve, comer tu platillo favorito, compartir tiempo con tus amigos y familia. Todas cosas que se están perdiendo, pero no importa, porque es más importante correr a comprar el nuevo celular y deber de por vida porque no tienes posibilidades de pagarlo de contado, no importa que se destruyan más áreas verdes hay que construir más plazas para poder arreglarte y sentirte parte de esta moda consumidora.
Hay que disfrutar cada momento, de estos momentos que valen la pena, que no cuestan excepto un poco de nuestro tiempo, pero ese poco tiempo que te cueste te dará a cambio un recuerdo feliz. Después no podremos arrepentirnos de haber perdido nuestros mundos (mundo familiar, mundo amistoso, el mundo donde vivimos, etcétera.) Aprovecha y disfruta. Sé feliz.